29 abril 12
Fueron cerca de cincuenta años entre harina y levadura, atizando el horno en el que cada noche durante todo ése tiempo, se fabricaba el pan con el que se abastecían los vecinos de San Vicente de la Barquera y muchos pueblos de los alrededores. Todos ellos pueden dar buena fe de la calidad de las barras que de allí salían, y que a día de hoy lo siguen haciendo de la mano de uno de sus hijos, Manuel, que continúa la tradición familiar al frente de la panadería que lleva el nombre de su padre, “Nel”.
Aunque nacido en la localidad de Hortigal hace ahora noventa años, pronto se trasladó a vivir a San Vicente, donde estableció el negocio cuando contaba con veinticinco años de edad, y en el que se mantuvo trabajando hasta cumplidos los setenta, “oficialmente hasta los sesenta y cinco”, aclara. Sentado en un banco del paseo barquereño del “relleno” junto con otros compañeros de la tertulia matutina diaria, “Nel” confiesa que “la verdad es que además de trabajar también tuve suerte”. “Hubo épocas en las que vendía todo el pan que hacía, todo, sin salir a repartir y sin tener siquiera despacho, lo vendía todo en la misma panadería”.
Hace dos años, los vecinos de San Vicente de la Barquera le rindieron por sorpresa un homenaje para mostrarle su afecto y su cariño, además de su agradecimiento por otras muchas circunstancias de todos conocidas y de las que “Nel”, con prudencia y humildad, prefiere no hablar “para no tener que dar nombres ni olvidarme de nadie”. Además de ése emotivo homenaje, también recuerda con mucho énfasis la bandeja que le regalaron sus propios obreros con motivo de su jubilación, ya que según dice “para mí fue una satisfacción tremenda viniendo de mis obreros, una alegría, son cosas que gustan”.
Entre hornadas y masas tuvo tiempo además de presidir el club de fútbol de la villa, “después de Francisco Moya, que tanto trabajó por el Barquereño”. Recuerda que para los desplazamientos alquilaban un autobús “de los de El Alemán”, y que además en una moto de su propiedad, “íbamos hasta Torrelavega a los Campos de Sniace a ver si los jugadores de allí que teníamos fichados entrenaban bien”.
Con respecto a la celebración de La Folía, asegura “Nel” que pocas cosas han cambiado a pesar del tiempo transcurrido. Posiblemente, dice, “se vivía con más emoción La Folía entonces que ahora, porque a pesar de las necesidades que había venía muchísima gente de peregrinación”. “Eran tiempos de dura lucha”, concluye. “Hoy también hay lucha, pero es diferente”.
— flanagan
Vivencias, Vivencias
31 marzo 12
— flanagan
Vivencias, Reportajes
13 marzo 12
Aún no había cumplido yo los diecisiete años cuando un amigo que trabajaba como auxiliar de oficina en la Tejera de Navas, Cerámica de Cabezón era su nombre oficial, me ofreció su puesto de trabajo ya que él se trasladaba a vivir a Santander. Me pareció fabulosa la idea, y rápidamente se lo comuniqué a mis padres quienes me dieron todas las facilidades para que hiciera lo que quisiera. A los pocos días acompañé a Paco, el hijo del jefe de la estación de ferrocarril de Treceño , para hablar con don Cipriano Álvarez , un ingeniero industrial residente en Valladolid, que era el dueño de la tejera, y después de hacerme cuatro preguntas me presentó a Manolo, un andaluz casado en Cabezón de la Sal, responsable del buen funcionamiento de la tejera, y me dijo que podía comenzar mi trabajo a la semana siguiente, quince días antes de que Paco marchara para que éste me fuera introduciendo en los quehaceres de la oficina. La oficina estaba en la planta baja de una casa de nueva construcción sita en la plaza que daba entrada a la fábrica de tejas y ladrillos, y en cuya parte alta vivían Pepe Cendón, capataz de los operarios y su mujer Milagros. A ojo de buen cubero, trabajarían allí unos cuarenta obreros. Detrás de la tejera, pero muy cerca, estaba la cantera de barro que se trasportaba hasta la amasadora en un par de vagonetas. Bien amasado, con la justa cantidad de agua para darle la consistencia deseada, pasaba a unas cadenas de transmisión que obligaba a caer la masa dentro de un tolva, y salir por boquillas terminadas en las formas deseadas bien para tejas, bien en forma de distintos tipos de ladrillos. Una vez fabricados se dejaban secar antes de pasar a los hornos donde una vez cocidos terminaba el proceso de fabricación.
Desde Caviedes me desplazaba al trabajo todos los días en bicicleta, unos diez kilómetros. La bici era una “Orbea” con manillar de carrera que mi padre me había comprado creo recordar cuando cumplí los quince años. Detrás del sillín , sobre el guardabarros de la rueda, tenía un porta- equipajes en el que yo ataba todas las mañanas la pequeña cesta de mimbre que mi madre me preparaba con la comida. Subí tantas veces la cuesta de El Turujal, la pedaleé tanto, que llegué a presumir de ser de los pocos que desde Hualle llegaba hasta la cumbre sin tocar con las manos el manillar. Aún recuerdo alguno de los hombres que allí fabricaban ladrillos y que por un motivo u otro dejaron en mi su recuerdo: Victoriano Caso de la Hayuela por ser un hombre culto fuera de lo común en un obrero de aquellos años, Felipe Mirón por su integridad, Miguel el encargado de mantenimiento que jamás dejó de reparar a la perfección el mas difícil de los desperfectos, Indalecio Zaballa, más conocido por “Masio el de la Hayuela” , y mucho mas tarde reconocido popular trovador de Cantabria. Masio debutó por primera vez en público en aquellos tiempos, recitando en el escenario del teatro-cine Avenida de Cabezón de la Sal un poema que yo había leído y copiado para él. No recuerdo de qué libro le copié,ni quien era el autor, pero creo se titulaba “Los viejos”. De lo que si estoy seguro es que empezaba así: “Estoy al brasero, les estoy dando coba. Este es el amigo que no me abandona. Ya me falta en el mundo, “to” el mundo, ya soy viejo muy viejo, ya es cosa, de que el día que menos lo piense, la diñe y me entierren, que dice la copla…” En aquel tiempo la mayor cantidad de ladrillos y tejas que se vendían eran transportados por ferrocarril. No había comenzado todavía la era del transporte a gran escala por carretera. Los camiones mas grandes de entonces, hoy causarían risa verlos en las carreteras. Para bajar el material hasta la estación de Cabezón había contratado un camión que no cesaba de hacer viajes conducido por Pastor, un hombre simpático y charlatán muy amigo de Manolo el andaluz quien a todas horas, mientras los obreros cargaban el vehículo, se sentaba en la oficina junto a su amigo, y siempre con voz queda, procurando que yo no me enterara mucho de su palique, hablaban de mujeres y sobre todo del juego de cartas. Los dos eran jugadores, y según comentarios de la gente de la tejera, los dos se jugaban los cuartos en gordo.
Un buen día la tejera cambió de dueño. La compró don Pedro de la Torre, un señor soltero ya metido en años que vivía en Santander y sólo una o dos veces por semana se acercaba hasta Navas. Recuerdo que aquellas Navidades trajo para colgar de la pared de su despacho un almanaque para el año próximo, y en él leí referente a la cerámica: “Oficio noble y bizarro entre todos el primero, pues en la industria del barro, Dios fue el primer alfarero, y el hombre el primer cacharro”. Manolo me enseñó pronto todos los trabajos de la oficina: Hacer las complicadas liquidaciones semanales de los obreros en unas libretas enormes donde figuraba cuanto ganaban, los descuentos correspondientes a cada uno de ellos, las horas extras trabajadas, el importe líquido a recibir… y en esta misma libreta estampaban su firma en el momento de percibir su salario semanal. También de cada factura emitida se dejaba copia, pero las copias se hacían de un modo que jamás volví a ver: Era un grueso libro de papel muy fino, tipo papel de Manila. Se metía la factura recién mecanografiada bajo una de las finas hojas del libro, encima de esta hoja un paño húmedo, después una plancha metálica para evitar que la humedad del paño mojara el resto de las hojas, y a continuación a una prensa. Abierto nuevamente el libro, la humedad del paño había conseguido dejar en la fina hoja la copia de la factura. También fui yo quien hizo las facturas a partir de las notas de carga del camión, quien las copiaba, quien las enviaba… Sólo había una cosa que Manolo no me dejaba hacer, manipular las facturas de las ventas al contado. De éstas generalmente no se dejaban copias, supongo figurarían en una doble contabilidad con el fin de no contribuir con impuestos sobre ellas. Eran ventas de poca cuantía, de gentes de los alrededores que llegaban con carros tiradas por parejas de vacas, o carros de burros. - ¡Pobres burros ¡, hoy casi desaparecidos por completo en nuestros pueblos de Cantabria,- en busca de quinientos o mil ladrillos o tejas para sus construcciones caseras.
Todas las mañanas yo bajaba a Cabezón en mi bicicleta. Había otra bicicleta de la empresa que Manolo usaba a mediodía para ir a su casa a comer, pero que yo no debía tocar porque si se
estropeaba o pinchaba una rueda ¿Cómo iría él a comer? Mis desplazamientos a Cabezón eran a recoger de nuestro apartado de correos la correspondencia que hubiera, echar las cartas que escribíamos, ir a la estación de ferrocarril a pagar los portes de ladrillos y tejas que se debieran, comprar el periódico de la Tejera pero que todas las tardes Manolo se llevaba para su casa, y otros encargos distintos que el jefe me mandara. Yo procuraba que el regreso de Cabezón coincidiera con la hora en que las mujeres iban a llevar la comida a sus maridos, sus hijos, o sus padres… Entonces , cuando encontraba alguna moza, me apeaba de mi bici y hacía a pié el camino charlando con ella. Un buen día ocurrió que pasó don Pedro en su coche mientras yo caminaba dándole palique a Cionín, la hija de Felipe, y cuando llegué a la oficina me llamó a su despacho para hacerme saber que la bicicleta era para venir montado en ella, llegar primero, y tener más tiempo para hacer otra cosa. Cuando terminó de hablar le hice notar que la bicicleta que él me vio llevar de la mano, era “mi” bicicleta, que a ratos iba en ella y otros ratos a pié para que no se me estropeara, porque si se me estropeaba no tendría en que ir al trabajo, lo mismo que no podía llevar la bici de la tejera porque si se estropeaba Manolo no tendría en que bajar a Cabezón a comer. Al día siguiente Manolo me dijo que lo había pensado mejor y que si quería podía coger la bici de la tejera para ir a los “recados”, que tampoco iba a tener la mala suerte de pinchar una rueda. Pasaron pocos días de aquello cuando una mañana gris y lluviosa me estaba poniéndome un impermeable con capucha que tenía colgado en la percha que había en los lavabos, Manolo, desde su despacho me habló. Estábamos uno frente al otro, su puerta abierta lo mismo que la del lavabo, y por medio un pasillo:
- Mira, cuando salgas coge estas mil cinco pesetas -me las enseñó, un billete de mil y otro de cinco, y vi como las dejaba sobre mi mesa.- Vas a la estación y pagas unos portes que se deben. El dinero está justo.
Seguí ciñéndome el cinto del impermeable, un impermeable digno hoy de estar en un museo. Me le había hecho mi madre a medida, creo que de tela gruesa de algodón que después impermeabilizó con aceite de linaza y algún producto más, del mismo modo que fabricaba lonas con las que tapar los días de lluvia los “carpanchos” o cuévanos de la burra cuando los domingos de invierno iba al mercado. Cogí la bici de la tejera y marché. Fui lo primero a correos y de repente allí me di cuenta que no había cogido las mil cinco pesetas. Sin perder un minuto monto en la bici y regreso. Sobre mi mesa no estaba el dinero.
-Lo cogiste al salir. - Aseguró Manolo.
-No, yo no. Pero si ni siquiera entré en la oficina.
-Yo lo puse sobre tu mesa.
-Si, si lo ví desde el servicio. Pero luego, me puse el impermeable y seguido me fui. Yo no entré aquí. Estando en correos recordé que me había olvidado y vine corriendo….
- Lo perdiste. Eso es que lo perdiste por el camino. Veremos lo que dice don Pedro cuando venga.
No hubo más que hablar. Yo estaba y aún hoy estoy seguro de no haberlo cogido. Llegó por fin don Pedro y aunque Manolo cerró la puerta del despacho yo desde fuera oí lo que hablaron:
-El Martes, éste, (éste era yo,) perdió mil cinco pesetas cuando bajaba a pagar unos portes…
Un momento de silencio, y luego:
-Que le vamos a hacer… Le puede ocurrir a cualquiera….
-No, no. Que lo pague. Sus padres no lo necesitan para comer. Así otro día pondrá mas cuidado. –La respuesta de don Pedro debió ser con gestos porque no escuché palabra.
Ganaba yo trescientas pesetas al mes, sí, menos de dos euros. Y Manolo me dijo que me descontaría cien pesetas todos los meses. Creo que lo que mas me ofendió fue que el primer mes me pagó con ciento noventa y cinco pesetas, me descontó ciento cinco, para, según me dijo, no se olvidara el “pico”de las cinco pesetas. Aguanté los diez meses y cuando saldé mi “pérdida”, fue a mi padre el primero a quien dije:
Mañana no vuelvo a trabajar. Entonces le conté el motivo.
Creo que Manolo y don Pedro han sido las dos únicas personas a quienes en mis setenta y seis años he negado el saludo. Al uno porque sigo creyendo que me hizo la putada. Al otro por no haberme hablado del tema. Y lo que es la vida: Pasados muchos, muchos años, mi mujer hace amistad con otra señora de Santander, y hablando un día y otro con ella resultó ser la esposa de don Pedro, que aunque tarde, se casó. Y hablando, hablando, le dijo que yo trabajé en la tejera. Ella se lo contó a su marido y hablando, hablando, le dijo que su marido le había comentado que de todos cuantos trabajaron con él, yo era el único que no le saludaba cuando nos veíamos. Yo le veía con frecuencia en el Español, un bar que todavía debe existir en Santander frente a la estación de FEVE, e hice el propósito de el primer día que le encontrara saludarle, hablarle, y explicarle el porqué nunca le había vuelto a saludar.
No tuve ocasión. En aquellos días, don Pedro falleció de repente.
— flanagan
Vivencias, Vivencias
23 febrero 12
Con tan sólo catorce años de edad, éste joven gaitero natural de la localidad de Bielva (Herrerías), consiguió alzarse con el triunfo en el concurso de jóvenes gaiteros celebrado recientemente en Unquera, con motivo de la celebración de la IX edición de la Fiesta de la Gaita Cántabra en ésta localidad. Víctor, integrante de la Banda de Gaitas Cantabria, pertenece además a la Escuela Municipal de Folklore de Val de San Vicente, con sede en Unquera, y allí fue donde dio sus primeros pasos con el instrumento y aprendió a tocar. “Me dijo mi madre que si me quería apuntar a un curso de gaita en Unquera, así que empecé, y como me gustó mucho pues sigo tocando”. Afición común y compartida en casa la de la música, ya que según cuenta, “mi hermana también toca la gaita, y mi madre la pandereta”. Ya hace tres años, también en el mismo escenario, el joven consiguió clasificarse en tercera posición, y sonriendo comenta que “aún no se lo que voy a hacer con el dinero que gané de premio, no se en que lo voy a gastar”. Además de sus habilidades con la gaita, Víctor también toca el tambor, “aprendí en la Escuela de Folklore”, y la flauta, que practica en el centro donde actualmente cursa sus estudios de segundo de la ESO, el Instituto José Hierro de San Vicente de la Barquera. “Éste año las aprobé todas”, sentencia satisfecho.
Víctor entró a formar parte de la Banda de Gaitas Cantabria “hace dos años y medio, más o menos, ya que el director de la misma,
Roberto Diego, es a la vez el profesor con el que estudio y practico en la Escuela”. “Cuando aprendemos a tocar vamos con ellos a ensayar y después también a las actuaciones”. Respecto a los ensayos, comenta que “voy los jueves y los sábados a Torrelavega, al pabellón Vicente Trueba, y allí practicamos todos una hora cada día, y además también ensayo por mi cuenta en casa”. Afirma además que tocar la gaita no le quita tiempo para estar con sus amigos, ya que compagina bien ambas cosas. “Juego con ellos al fútbol y también voy a pescar truchas al Nansa, se me da muy bien, y éste año he pescado ya cinco”. Se confiesa seguidor del F.C. Barcelona y de Leonel Messi, “mi jugador preferido”, del que afirma con rotundidad que “es mejor que Cristiano Ronaldo”. Lo que más le gusta a Víctor de formar parte de la Banda de Gaitas Cantabria es que “me entretengo y a veces gano algo de dinero”, dice sonriente, y lo que menos es “algunas veces que tenemos que ir a actuaciones en pueblos que están un poco lejos”.
Además de su afición por los instrumentos musicales, también confiesa que lo que más le gusta es “cuidar a los animales, la caza y la pesca”. Y cómo no, habiéndose criado al lado de la bolera que acogió a uno de los más ilustres jugadores de todos los tiempos, Rogelio González, “El Zurdo de Bielva”, “también los bolos”. Antes, continúa, “iba a la Escuela de Bolos de San Vicente de la Barquera, en La Acebosa, pero no me da tiempo a hacerlo todo, así que ahora juego pero aquí en el pueblo”. Y precisamente dirigiéndose a la bolera, donde hay una competición, dejamos a Víctor, no sin antes haber dejado claro que “el gaitero que más me gusta es Tejedor”, y que su sueño como gaitero sería “ganar en el festival de Pozu Jondu”.
— flanagan
Reportajes, Reportajes
13 febrero 12
Raro es el pueblo al que no se identifica con algún monumento, paisaje natural o personaje al que inmediatamente se asocia éste al mencionar su nombre. En algunos casos de sobra conocidos, incluso es la localidad de la que se trate la que debe su fama al propio personaje que desciende de ella o adopta su propio nombre para desarrollar su actividad. Como ejemplo, quizás a muchas personas el nombre de Carlos Alonso González no les diga nada, pero si nos referimos a él como “Santillana”, el mítico goleador cántabro del Real Madrid que adoptó su nombre de su localidad de orígen, Santillana del Mar, la cosa cambie. A nivel meramente local o vecinal, muchos son los “ilustres” que permanecen en la memoria de todos nosotros, y dependiendo de la época, para cada uno se trata de personajes y motivos bien distintos. En ésta época en la que internet comunica y acerca al instante a todas las personas y pueblos del mundo, quizás sean las Cuevas de Fuente Salín, la Senda Fluvial del Nansa e incluso el famoso slogan “Despacio Coño” las más recientes señas de identidad de nuestro pueblo en el exterior. A nivel regional, bien pudiera decirse que quizás los dos personajes más conocidos que ha dado Muñorrodero en su historia más reciente han sido el jugador de bolos Julio Cebada Sánchez “Julito” y el carretero Manuel González Fernández “Ciucu”.
Precisamente estos días se cumplen veintinueve años desde que un ya lejano mes de enero año del año 1972, la prensa regional de las entonces provincias de Santander y Guipúzcoa recogiese la noticia de la “hazaña” que un montañés de Muñorrodero había protagonizado en tierras vascas, “pulverizando” todos los récords de arrastre establecidos por los especialistas vascos desde 1971 y ¡ 1930 !. La Plaza Mayor de Zumárraga fue el escenario donde “Ciucu” asombró a los cientos de aficionados que contemplaron cómo establecía una nueva marca de 36 plazas, 5 cintas y 1 metro, distancia que su pareja de bueyes tudancos arrastró los 1.632 kilos situados sobre la narria durante veinte minutos. No contento con eso, según recoge la prensa de aquellas fechas, “por la tarde hizo una demostración que llenó de asombro a aquellas gentes acostumbradas a ver demostraciones de fuerza insólitas”. “Enganchó la tercera pareja de bueyes, tudanco uno y pirenaico y tudanco el otro, a una piedra de 2.660 kilos, para arrastrarla durante 30 minutos. Nadie había conseguido mover aquella piedra desde hacía ¡42 años!”.

Dentro del mundo del deporte rural, y en concreto del arrastre, el de Muñorrodero marcó una época en la que su nombre era sinónimo de triunfo. Cabezón de la Sal, Comillas, Reinosa, Ampuero, San Vicente de la Barquera, Elgoibar, Eibar, Tolosa, Zumárraga...cientos de plazas y localidades cántabras, vascas y asturianas fueron escenario de otras tantas victorias de los inolvidables tudancos “Josco”, “Marino”, “Piquero” o “Rubio”. Victorias acreditadas por el sinfín de trofeos, placas y txapelas perfectamente conservadas en su domicilo de Muñorrodero. Aún hoy, casi treinta años después, evocar el nombre de “Ciucu” entre cualquier veterano espectador de un arrastre de los que se celebran en nuestra región o en el País Vasco, sirve para corroborar su leyenda y confirmar el respeto y la admiración por tantos y tan sonados triunfos conseguidos, que sin duda le han permitido hacerse con un hueco en lo más alto de la historia de éste deporte.
Este es el texto íntegro de la noticia firmada por Mann Sierra y publicado en el diario ALERTA el día 16 de enero de 1972.
“Los récords de arrastre de Guipúzcoa, pulverizados por un montañés y su pareja de bueyes”.
Hace muy pocas fechas publicábamos la noticia: un montañés conseguía en Zumárraga la hazaña de batir con sus parejas de bueyes todas las marcas de arrastre establecidas por los especialistas vascos. Por la mañana pulverizaba en el primer intento el récord establecido en el año 1971, al hacer con sus vacas pirenaicas 32 plazas de recorrido en el tiempo mínimo exigido. Después, lograba con la yunta de novillos tudancos, batir la marca de todos los tiempos establecida en 35 plazas o largos, que diríamos por aquí, y 9 cintas (cada cinta equivale a 2 metros y cada plaza a 36), arrastrando con sus animales una piedra de 1.632 kilos durante veinte minutos, para alcanzar en ese tiempo un recorrido de 36 plazas, 5 cintas y 1 metro. No satisfecho con esto, Manuel González, que así se llama este santanderino de Herrerías (?), hizo una demostración por la tarde que llenó de asombro a aquellas gentes acostumbradas a ver demostraciones de fuerza insólitas. Enganchó la tercera pareja de bueyes, tudanco uno y pirenaico y tudanco el otro, a una piedra de 2.660 kilos, para arrastrarla durante 30 minutos. Nadie había conseguido mover aquella piedra desde hacía ¡42 años!”.
El periódico “La Voz de España”, de San Sebastián, se hizo eco de la gesta deportiva no con demasiado entusiasmo, porque suponemos que lograr una cosa así en Guipúzcoa equivaldría a que un desconocido de cualquier región llegara aquí y en sólo un día derrotara a nuestros ases de bolos, pongamos por caso. ¿Qué decir?... Pero nosotros hemos contado con el testimonio del propio Manolo y algún amigo presente en el desafío, celebrado el día seis, festividad de los Santos Reyes. Manuel González Fernández es transportista y ha estado ausente de la ciudad por espacio de unos días. Vive en un lujoso piso de la Avenida San Fernando. Sus vacas tienen en Cabanzón, del Valle de Herrerías, sus establos y su cuidador o carretero. Estos preciosos animales de tiro son realmente su “hobby”.
-¿Cómo fue lo de participar en un desafío de este tipo, en Zumárraga? Le preguntamos a Manolo en la visita hecha a su domicilio.
-Por una apuesta. Fue el día 14 de diciembre cuando me encontraba en Zumárraga, con un amigo, viendo una prueba de esas. Le dije al amigo, “boyero” también, que mis bueyes eran mejores que aquellos. “Eso no basta decirlo, hay que demostrarlo”, me contestó. “No, a apostar”, le repliqué yo. “¿Cuánto va?”... propuso. “Veinte mil duros”. Le acepté, y así, sin más, depositamos el dinero en el Ayuntamiento. Me vine a Santander y el día 6, fecha fijada para la prueba, me presenté en la Plaza de Zumárraga con mis cuatro parejas. El transporte me había costado 28.000 pesetas, pues tuve que llevar el ganado en dos camiones, pero no importaba. Me habían picado el amor propio y quería dejar bien a Santander, para demostrarles que también aquí hay vacas de tiro. Hasta los periódicos me “tiraban a degüello”, diciendo que lo que yo quería era vender mis vacas allí. Y así las cosas me puse a hacer la demostración con mis novillos blancos tudancos en el intento de batir el récord de mi amigo Zabaleta, que lo tenía en 35 plazas y 9 cintas. Lo conseguí sin dificultad después de haber sobrepasado la marca del año con otra pareja. Y todavía por la tarde, para demostrarles que hay fuerza, con la pareja de bueyes y sin más saqué la piedra de aquel rincón de la plaza, donde estaba desde 1.929, sin que nadie hubiera conseguido moverla. Dí vueltas con ella durante media hora y luego se la dejé en su sitio.
-¿Qué pasó entonces?
-Que me querían sacar a hombros, pero como peso 120 kilos no pudieron conmigo. El alcalde me entregó cuatro copas ganadas y Zabaleta las 100.000 pesetas de la apuesta; me las dió a gusto, yo creo. Como un buen amigo.
-¿Y los bueyes?
-Claro, me los querían comprar. Por la pareja con la que arastré los 2.660 kiños me daban 70.000 pesetas. No hubo nada que hacer, les tenía que demostrar además que yo no había ido a probar los bueyes para luego venderlos.
Cuando nos cuenta éstas cosas, Manolo, un hombre alto y fuerte, se siente emocionado y orguloso de haber dejado tan bien a Santander. No hubiera querido hacer el ridículo por nada. Es un hombre de buena fe. Sus bueyes están en Herrerías alimentados a yeros, a paja blanca... Tengo trece animales de tiro , porque es mi afición, y les cuido, nada más. Ya el año pasado y el anterior gané todos los concursos de la provincia en los que paerticipé. Mis bueyes, hoy por hoy, son campeones de Vizcaya, de Guipúzcoa y de Santander. Aquí están las copas ganadas. Allí, en la parte alta del mueble- biblioteca, los trofeos colocados pasan de la docena. Faltan los cuatro ganados en Zumárraga, porque se han quedado allí para ser grabados. Hay otro aspecto curioso en toso este “tejemaneje” de la actuación del montañés. Urtain, el gran campeón de boxeo, es asimismo “boyero” o propieatrio de bueyes de tiro con los que participa en concursos, apuestas siempre por medio. Le he propuesto enfrentar mis parejas a las suyas, no con 25.000 pesetas por medio, sino con 50.000. El desafío se haría en la Plaza de Castro Urdiales a beneficio del Asilo Hospital de aquella ciudad.
-¿Y qué...?
-Nada. Urtain dice que si mis bueyes pesan menos que los de él, acepta, si no, no hay nada que hacer. Quiere tongos ¿sabes?. Ya me extraña a mí que en los desafíos entre sus parejas y las de Argoín, ganen una vez cada uno. Urtain es buena persona, pero ya quería ventajas.
-¿No hay contrincantes entonces?
-Sí, sí. Angel Sánchez, el de Gandarilla, quiere ganarme el día 23 próximo en el Relleno de San Vicente de la Barquera. Espero que no lo consiga.
Hay que decir también que los concursos de arrastre están calando hondo en nuestros hombres del campo. Manolo González insiste en que podría organizarse un gran concurso en Santander, con carácter benéfico. El lugar de esas pruebas de arrastre prdría ser la Plaza de toros de Cuatro Caminos. Él está dispuesto a participar de manera totalmente desinteresada. ¿Hay por ahí algún organizador?.

— flanagan
Historia, Historia