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Luís Alberto Salcines fue durante varios años profesor de matemáticas en el instituto de San Vicente de la Barquera, pero es sobre todo un magnífico crítico de arte y literatura. Es un sabueso que descubre al vuelo la aparición de nuevos valores tanto en las artes plásticas como en la poesía de Cantabria. Desde hace años le llaman para formar parte del tribunal de concursos tanto de pintura como de poesía de distintas provincias españolas, y es autor de no menos de una docena de libros. Durante los inviernos que vivió en San Vicente organizó varios ciclos de interesantísimas conferencias que tenían lugar en el salón de actos de la biblioteca municipal, y a las que, para vergüenza de nuestro pueblo, nunca asistieron más de una docena de personas. Luís Alberto, dispuesto siempre a colaborar en todo movimiento cultural de la forma más desinteresada del mundo, fue un talento desaprovechado por los ediles de nuestro municipio. Con él pudimos tener mucho, y no tuvimos nada. Creo que cada cual tiene lo que se merece. |
Verdad es que no pasó inadvertido para todos: La Asociación de Amas de Casa y Consumidores, en las personas de Victoria y Maria Luz, hablaron con él un día estudiando la posibilidad de hacer periódicas reuniones semanales abiertas a todo el mundo, donde todos pudieran hablar sobre los temas más dispares: Libros, pintura, noticias, sucesos…
Luís Alberto aceptó al instante, y desde hace unos tres años todas las tardes de los martes nos reunimos de cinco a siete en la sede de las Amas de Casa donde ya se ha creado un grupo de amigos que además de hablar y hablar, tomamos café con pastas que nos saben a gloria. Ya son dos cursos lo que lleva Salcines fuera de San Vicente; ahora ejerce su profesión en Santander, pero continúa fiel a su cita de los martes donde con frecuencia nos sorprende con el regalo de algún libro para la asociación, y hasta con alguna caja de "polcas" de Torrelavega, que para eso es miembro de la "Asociación del Hojaldre" de su ciudad. Luís Alberto tiene ideas claras y verbo fácil, pero la virtud más interesante que he descubierto en él, es la de saber escuchar. Es un gran escuchador, cosa que me parece dificilísimo, ya que es muy común el que cuando alguien hace un relato, casi sin dejarle terminar, atajamos al que habla con algo parecido que nos sucedió a nosotros pero más interesante.
Pues bien, como en estas reuniones hablamos todos de todo, muchas veces he contado cosas más o menos curiosas, vivencias de mi larga existencia, que Luís Alberto me sugirió un día que podía escribirlas. De momento no hice mucho caso, pero pasando el tiempo fui madurando la idea, y como quien no quiere la cosa, en mis ratos de aburrimiento, a mis setenta y siete años, apenas aprendido lo más básico del manejo de un ordenador, comencé a escribir cosas que buscaba en el baúl de los recuerdos. A cada historia le pongo un título y voy relatando cosas diversas, saltando de un tema a otro como salto también las fechas de los relatos aunque estoy seguro que al final he de colocarlos en orden cronológico, porque se me ha ocurrido hacer del conjunto de mis escritos siete copias, una para cada uno de mis siete nietos, para que, primero ellos, y luego los nietos de mis nietos puedan leerlo más o menos en el orden que sucedió lo que cuento. Me gustaría que alguno de mis descendientes continuara esta andadura que he comenzado y que me sirve de verdadero deleite, pues se me van felices las horas mientras escribo, y las noches de insomnio son más placenteras obligando a volar mi mente en busca de otros recuerdos para escribir…
Recordando y escribiendo estoy haciendo sin pretenderlo un examen de mi vida, y esto me lleva a considerar que solo hay en ella dos únicas cosas realmente importantes: La familia y los amigos. Tu mujer. Tres hijos y siete nietos y los cónyuges de todos que son también tus hijos, que son tan tuyos, que algo interno te dice que el día que te vayas de este mundo, de algún modo seguirás viviendo en ellos. Esto, y un número indeterminado de amigos es por lo único que merece la pena luchar. Hay cosas a lo largo de la vida que en un momento determinado parecen ser lo más importante, el centro de todo, y más tarde compruebas que todo es accidental y pasajero, que aquello que en un momento tuvo gran importancia, hoy ya no la tiene… Pero la familia y los amigos son inmutables. Continúan ahí, siempre presentes, siempre importantes. Recordando y escribiendo, también sin pretenderlo, descubro lo próximo que tengo la fecha de caducidad por lejos que yo la vea. Viejos son los demás, yo, no.
Es curioso que para verdaderamente darte cuenta de que la vida se te está escapando haya que recurrir al almanaque, porque de otro modo no advierto el paso de los años. Y es, creo yo, a que he tenido la gran suerte de llegar hasta aquí con excelente salud, y que a medida que merman tus facultades, sin darte cuenta van cambiando tus gustos que se amoldan a tus posibilidades actuales: Naturalmente que ya no puedo echar aquellas carreras de mis años mozos, pero es que ahora no las echo en falta porque prefiero el caminar reposado… La impaciencia que te hacía subir escaleras de cuatro en cuatro por no esperar un ascensor, se ha convertido en paciencia por no subir escaleras. Me gustó y aún me gusta conducir el coche, pero los viajes largos que antes me ilusionaba hacerlos un poco a la aventura, los prefiero ahora organizados por una agencia que me soluciona los problemas… Y relato cosas y cosas de gentes que conocí y que muchos ya no están con nosotros. Amigos de la niñez, de la juventud, de trabajo; amigos de mi misma edad que se fueron para siempre, algunos de ellos sin despedirse… Y yo, erre que erre, sin verme viejo. ¡ Ni mirándome en el espejo! Claro, como me veo todos los días… no noto lo que envejezco. Como tampoco noto crecer la hierba de mi jardín hasta el día que es necesario volver a segarla. Ni de mis nietos que ayer eran bebés y de repente ya son mujeres y hombres, he ido notando el cambio.
Pero a veces alguno te lo recuerda. Hace tres años, o cuatro, me encontré por la calle en San Vicente con un conocido de Prellezo y nos saludamos. Me preguntó por mi salud y dije bien, gracias a Dios. - Si,-- me dijo,- porque más o menos tu serás de mi edad.- Me dejó perplejo. Para mi que él casi podía ser mi padre. Cuantos años tienes?- Le pregunté. Me contestó que ochenta y dos. Cuando llegué a casa volví a mirarme en el espejo y me cagué en su madre. Pero lo más probable era que el hombre me veía a mi tan jodido como yo a él. ¡Que razón tenía el argentino aquél cuando compuso el tango y dijo que era un soplo la vida…! De todas formas, y a pesar de todo, yo soy joven aún y espero durante mucho tiempo seguir escribiendo mis vivencias…
Rumplestilskin
El porqué de mis escritos
Los Reyes Magos
Cuarenta leguas por Cantabria
La cazadora de Tadeo
El Padre Angel
Mi molino
Toñito el de Mena
Ángeles y Pantaleón
De lágrimas y silencios
El cuentu de la mina encantá (y 2)
Cadena perpetua para mi padre
El cuentu de la mina encantá (I)
Nanín
El juicio de Corea
Tíu Cofiño
Una tarde de bolos
Un cura muy peculiar
Los últimos guerrilleros
Carta de un críu a un castañu
Aquel viejo Caviedes
Argentina 1976
Cosas de Mena
Primera Comunión
Chuchi y Rosario
El día de los Santos
Mi bolera de barro
A yerba
El tonto de Caviedes
El Matacillo
Soterón
Transportes Canta
El Cocón