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De víspera, y a la sombra de una higuera que teníamos en la huerta de delante casa, picaba el dalle mi padre. Clavaba en el suelo el yunque, se recostaba a su vera, ponía sobre él el filo de la guadaña y martilleaba estirando el acero .El sonido del martillo sobre el dalle era monótono y penetrante. Se oía de lejos y era inconfundible. Cuando se escuchaba, todo el mundo sabía que alguien estaba "picando" el dalle. Y el que picaba empezaba siempre por la punta y avanzaba paulatinamente, lento, seguro, escupiendo de vez en cuando sobre el punto donde había de machacar, y nunca supe porqué se escupía, pues estoy seguro que la saliva no ablandaba el acero. Al terminar sacaba de la "colodra" la pizarra, una piedra siempre en forma de rombo alargado, y "daba pizarra al dalle", es decir, al filo que terminaba de estirar, para que quedara más uniforme. . |
A la mañana siguiente, de madrugada, tres horas antes de que el sol asomara tras Las Espinas, ya estaba en el prado mi padre junto a dos o tres segadores más, amigos o vecinos que se ayudaban unos a otros. La "yerba" había que cortarla sin que calentara el sol, pues estaba más tierna con la "rosá" de la noche. A las diez de la mañana más o menos aparecía a lo lejos mi madre con el cesto del almuerzo bajo el brazo y un par de rastrillos al hombro. El cesto era de varas finas de mimbre, cambiado por un plato de harina de maíz a Rosa, la hija mayor de "el Tuerto" jefe del clan de los gitanos que con tanta frecuencia nos visitaba.- Se extendía el mantel en el suelo sobre el rastrojo de la "yerba" cortada y siempre a la sombra de un "zalce", un avellano silvestre, o un cajigo cuyas bellotas incipientes cogíamos para jugar, y semitumbados, apoyados sobre un codo, se comían huevos fritos con patatas y chorizos que a veces eran sustituidos por "torrendos" de papada, y se empinaba de la bota apretando con fuerza el pellejo curtido para que el vino de Corral se estrellara en el paladar de la boca.
Se segaba para "seco".Jamás en toda la comarca se pronunció la palabra "heno".Tampoco se dijo "hierba". Se decía y se dice "yerba seca" y "yerba verde". Y cuando no es necesario mencionar la "yerba" porque ya sabemos que de ella se habla, solo se dice, verde o seco. Y cuando estábamos en plena labor de recogida, lo definíamos de modo tajante diciendo "andan a yerba" o "a yerba andamos". Mi tía María, la hermana solterona de mi madre que siempre vivió con nosotros me había hecho un rastrillo pequeño, para niño, y me llevaba con ella al prado para que a su lado fuera esparciendo los "lombillos" que los segadores dejaban hechos al cortar la hierba, y lo esparcíamos siempre después de haber quitado de entre ella montones de "mastrantos", "yerbas" especialmente duras y grandes de consistencia semi- leñosa que las vacas no comían. A decir verdad, me cansaba pronto de estas labores y dejando de lado el rastrillo que con tanto primor decoró mi tía con la navaja que siempre llevaba en la faltriquera, prefería divertirme con otros críos atrapando con nuestros sombreros de paja mariposas de colores que más tarde guardábamos entre las hojas de la enciclopedia que estudiábamos en la escuela. Casi todos los prados que se segaban para "seco" estaban en Campaña, un lugar a los pies del barrio de San Pedro de Chas, entre la carretera general y la vía del Ferrocarril Cantábrico, y cuando nos parecía que habíamos cazado suficientes mariposas nos desplazábamos hasta la carretera para ver pasar los coches y saludar a sus ocupantes agitando nuestros sombreros.
Eran muchos los vehículos que pasaban, a veces hasta tres en menos de una hora y esto ocurría porque era la carretera más importante del norte de España- según nos había explicado el señor maestro, - y de larga desde Francia hasta Galicia. Al menos en nuestra zona, crecían en sus orillas plátanos gigantescos que la sombreaban, y sus troncos estaban pintados con una franja blanca de un metro de anchura para que durante la noche indicara a los conductores, más que las rectas, la infinidad de curvas que en ella había. Como don Juan, el cura, nos había dicho que no debíamos ambicionar riquezas, que la abundancia de dinero siempre conducía a toda clase de excesos hasta el punto de hacer perder la salud a la gente, pensábamos que todos los que pasaban en auto eran ricos enfermos a causa de tanto exceso, porque siempre dejaban al pasar un olor como a farmacia, a yodo, a medicamento, que eran los únicos olores conocidos por nosotros más parecidos al de la combustión de los motores que el escape nos dejaba, y hasta llegábamos a sentir pena por ellos.- A esta misma carretera, pero un poco más abajo, justamente junto al cruce que lleva a Vallines, salíamos niños y niñas junto con nuestros maestros para ver pasar a Franco cuando venía a pescar salmones al rio Nansa en Camijanes.: Nos daban a todos banderitas de España que debíamos agitar al paso de la comitiva mientras nos desgañitábamos gritando: "Franco, Franco, Franco…" Pero yo no le vi nunca. Seguro que iba dormido cansado ya de tanto crio con banderas a lo largo de su trayecto. Decían entonces que los salmones se los pescaban; incluso que hombres-rana se los colgaban de sus anzuelos, pero todas esas historias fue pura invención.
Yo conocí mucho más tarde a Nisio el de la tienda de Camijanes, el mejor conocedor de todos los pozos del Nansa y que en aquella época ejerció de técnico de pesca para el Caudillo, quien me aseguró que Franco fue un pescador excelente, que disfrutaba con las dificultades de su afición.- Cuando de pronto escuchábamos a lo lejos el pitido del tren, corríamos al otro lado de los prados, hasta Jano, para ver resoplar la lenta y fuerte locomotora tirando de una reata de cuarenta vagones cargados de carbón que traían de las minas asturianas, y soñábamos con tener cuatro o cinco años más para atrevernos a subirnos en marcha a los vagones como lo hacían aquellos chavales de Roíz y del Mazo, para desde ellos tirar a la orilla de la vía piedras y más piedras de carbón que luego recogían en sacos de esparto para venderlo por las casas.
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Si el sol calentaba bien, la "yerba" se tostaba en dos o tres horas y antes de de comer se le podía "dar vuelta". En el mismo lugar donde se "almorzó", se comía. Solo que éramos más gente, pues además de los segadores estaban los que vinieron a "esparcer" y "dar vuelta", que más tarde tendrían que "hacinar",- amontonar la hierba alrededor de un tronco de eucalipto clavado en el suelo,- o hacer "mojones",-pequeños montones de hierba,- si es que no había secado bien y era necesario volverlo a "esparcer" al día siguiente. |
Las comidas siempre fueron animadas porque se amenizaban con historias y chascarrillos. Se repartía de la tartera llena de patatas guisadas con bacalao y algunas veces sin él, "patatas viudas", guisadas con una hoja de laurel que les diera aroma, y detrás los chorizos del "matacillo" de casa con patatas también, pero ahora fritas. El postre casi siempre, queso, lo más "socorrido" que había porque solía hacerse en la casa. Recuerdo una vez que Nela la de Laureano llevó al prado como postre un queso que compraron a los frailes de la Trapa en Cóbreces, y como quiera que Pepe el de Saturnino empezara a comer y comer queso que parecía que aquél estómago no tenía fondo, Nela, viendo el queso mermar de forma alarmante, le advirtió:
"Pepe, mira que el queso es muy "necio"…. A lo que el otro sin perder bocado respondió: " A mi, nunca me hizo daño". Dos minutos más tarde Nela volvió a la carga: "Mira que el queso me costó buenas pesetas"… Y Pepe con la boca llena repuso: "Lo bueno, nunca es caro". Echó un trago más de vino y haciendo oídos sordos a las advertencias de Nela, continuó partiendo queso.
Tampoco se me ha olvidado aquella tarde de tórrido sol y calor asfixiante como pocas tardes de verano venían en nuestra tierra, que mi madre, siempre pendiente de mí, me dijo que dejara de corretear por el prado y me tumbara a la sombra de de una cajiga cercana. Tumbado sobre la chaqueta de mi padre no tardé en descubrir bajo ella la bota vino. Desenrosqué el tapón de hueso y chupé con gana sin cambiar mi postura, acostado boca abajo. El vino estaba fresco y seguí mamando de allí con el mismo entusiasmo que veía a través de la tela metálica de mis conejeras, hacerlo a los gazapos de mis conejas. Cuando mis mayores decidieron que era la hora de regresar a casa y me mandaron levantarme para mi padre coger su chaqueta, di dos vueltas sobre mi mismo y caí desplomado. Devolví apestando a vino agrio y mi madre puso el grito en el cielo mientras mi padre cargó con mi "desmadejado" cuerpo hasta la cama.
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Lo que más me gustaba de "andar a yerba", era cuando se acarreaba. Se ponían en el carro los "varales altos", los "estadojos" largos y la "rabera". Sobre la testuz de las vacas se colocaban las "melenas" para protegerlas del roce del yugo, y una vez uncidas se remataba la labor con la "salea" de piel de cordero que había de defender las correas de uncir de las inclemencias del sol. Ya en el prado y durante la larga tarea de cargar el carro, a mi me tocaba estar quieto delante la yunta para que las vacas no se movieran. Con un "ramasco" de cualquier matojo les espantaba las moscas necias y persistentes que una y otra vez acudían al lagrimal de los ojos de los animales. |
Como mínimo había tres clases de moscas: Las comunes, esto es, las mismas que en casa te fastidiaban cayendo cuando menos lo esperabas en la taza de leche que bebías, las mismas que poco a poco iban dejando sin luz la "bombilla" de "quince bujías" porque cubrían el fino cristal de excrementos y las mujeres de casa no se atrevían a limpiar porque les habían dicho que era peligrosísimo tocar las bombillas porque se podían carbonizar; estaban después otras de igual estructura pero mucho más pequeñas, de aguijón sumamente afilado cuyo picotazo sentías como si te atravesaran la piel con una aguja acero, y luego las que nosotros llamábamos "rociniegas", marrones de color, con piel dura como lasgarrapatas que llamábamos "cabarras", con las patas peludas, que apenas volaban pero que corrían sobre la piel de las vacas lo mismo hacia atrás que de lado como los cangrejos. Creo son las mismas que en otros sitios llaman "cojoneras" con acertada razón ya que suelen refugiarse en las ingles de vacuno y caballar. Son las mismas moscas que cogíamos a puñados para soltarlas entre las patas de algún perro descuidado para verle salir disparado, ciego, estrellándose contra todo lo que tropezara por delante. Estaban además, los tábanos, grandes, rechonchos y cuyo zumbido hacía inquietarse a las vacas que agitaban las orejas intentando alejar al temido díptero…
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Arriba del carro una persona pisaba y colocaba las paladas de "seco" que otra persona le echaba. Desde los "varales" hasta la "rabera", con una altura de más de dos metros, era mucha la "yerba" que en el carro cabía y que se ataba con grandes y fuertes cordeles. Sin que se bajara la persona que estaba en lo alto del carro, el mas fuerte de los hombres iba cogiendo uno a uno los niños que estuviéramos en el prado y nos lanzaba hacia el de arriba que nos colocaba sobre la "yerba" al lado de la maroma central donde habíamos de agarrarnos como medida de seguridad y sin movernos de allí, cantando y riendo hacíamos el camino de regreso al pueblo.
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El "boquerón" de las "cuadras" es una amplia abertura en el piso alto de las mismas por donde se mete todo lo que ha de almacenarse en el pajar, especialmente la yerba seca recogida en el verano y que será el sustento del ganado durante todo el invierno. Se apila en el fondo, contra la pared de atrás, y a medida que se va almacenando cuantos más "crios" suban a jugar sobre la "pella", mucho más pisada y comprimida va quedando. Con el calor del verano, el polvo que suelta la "yerba", nuestras carreras de niños empujándonos unos a otros y paladas y más paladas que desde el carro van echando, nuestros minúsculos cuerpos chorrean sudor. Cuando todo acaba salimos al corral resoplando de calor, con el rostro enrojecido, sonando nuestras narices que destilan mocos negros de tanto polvo respirado… Alguna mujer preparó jarras de agua con zumo de limón y azúcar que apuramos sin respirar. Después nos miramos unos a otros, reímos una vez más recordando los juegos sobre la hierba, nos volvemos a empujar, a correr por las callejas rompiendo las alpargatas de suela de esparto y nos sentimos los niños más felices del mundo…..
escrito por Jesús González