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La portilla más grande estaba en la entrada principal del pueblo, que era una cambera, a la que por ser un poco más ancha que la otras, y llegarnos por ella de vez en cuando un vehículo de motor, llamábamos carretera. Y cada vehículo que llegaba tenía necesariamente que parar, abrir, entrar, y parar de nuevo para volver a dejarla cerrada. La segunda portilla estaba en El Cotero, y daba acceso a la mies de San Lorenzo, y la tercera en Julleles donde cerraba el paso a la mies de Iguán. Había en Julleles una fuente y bebedero de animales a la sombra de un tilo gigante, cuyas flores, junto con las de otros tilos que crecían en Colovera, calmaron durante largos años las desazones de todos los nerviosos del pueblo |
Mi pueblo permanece grabado en mi memoria de niño con las imágenes de las cuatro estaciones del año:
En invierno recuerdo las casas grises sobre un fondo verde oscuro, con tejados siempre mojados, y cien cacharros recogiendo el agua de las “goterás”, porque decían las mujeres que era el agua que mejor ablandaba las alubias al cocer, y el que más frondosidad daba a lo geranios cuando se regaba. Las chimeneas de todas las casas soltando denso humo, porque la madera verde al arder crepita y produce humareda compacta, que pugnaba sin conseguirlo, por elevarse entre la neblina húmeda y fría que envolvía el ambiente de los corrales. En los portales de todas las casas, pares y pares de albarcas de bocas siempre abiertas como en prolongado y paciente bostezo, esperaban que unos escarpines de sayal o unas zapatillas siempre viejas, las taparan; junto a ellas, aperos de labranza, el banco de hacer tarugos con una azuela encima, y chaquetónas siempre húmedas que daba hasta escalofríos mirarlas.
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Los huertos medio cubiertos de nieve, dejando asomar las hojas rotas de remolacha y nabos forrajeros, y entre ellos, cepos y trampas que poníamos para atrapar los ateridos miruellos de picos negros y picos amarillos, que tanto nos daba hembras que machos a la hora de dar gusto al arroz del día siguiente. Cuando el miruello era atrapado por el cuello solíamos encontrarle muerto, pero si lo era por una pata, revoloteaba luchando inútilmente por escapar, y entonces nos apresurábamos a retorcerle el “piscuezo” y rearmar deprisa la trampa en espera de otro incauto., y mientras lo hacíamos, sacudíamos la nieve para mejor prepararlo y nos dolían los dedos y las orejas que se nos llenaban de sabañones. Después, ateridos, corríamos a subirnos al fogón y calentarnos, y nos metíamos en cuclillas tan encima de los tizones encendidos, que sacábamos las piernas rojas y llenas de “cabras” que no desaparecían hasta llegada la primavera. Y si hablo de nieve no es porque crea que entonces las nevadas fueran mayores o más frecuentes, como oigo comentar con frecuencia a gentes tan viejas como yo, es que creo que cada cierto tiempo cae aquella nevada que llamamos excepcional y es la que nos queda grabada, y cuando los años pasan y evocamos el pasado las cosas se desdibujan y contamos como habitual lo que solo fue puntual. Puedo estar equivocado, pero pienso que son ciclos que se repiten, y que las diferencias climáticas no son tantas de antes a estos días |
En primavera el sol de las mañanas estrellaba sus rayos contra los cristales cuadrados y pequeños de todas las ventanucas de las casas, y en estas ventanas, como en las barandas de los corredores, había geranios empezando a florecer plantados en botijos de barro rotos, o pucheros de hierro carcomidos por la roña, porque comprar una maceta barro era derrochar lo que mucha falta hacía para otra cosa.Los huertos, con mujeres que se afanan en “sarropiar”, sembrar patatas y plantar cebollas entre “hogueros” de rastrojo seco cuya ceniza aprovechaban más tarde para poner en rededor de las plantas nuevas evitando así el paso de “limiagos” y caracoles.
Por Las Cerrás y El Sendín empezábamos a escuchar los primeros cantos del “Cucu”, que no tardaría en buscar los nidos de “papuca” para tirarle los huevos y poner los suyos. Tan escaso es el sentido de maternidad de las pájaras de estos pájaros, que jamás incuban sus huevos y mucho menos alimentan sus pollos; asaltan el nido de otro donde cambian sus huevos por los suyos, y jamás he podido comprender como la familia que hizo el nido no descubre el engaño, e incuba huevos mucho más grandes y de distinto color que los suyos y luego alimenta polluelos que triplican sus medidas y peso.
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Los frutales lucían con alegría las primeras flores de lo que más tarde serán sabrosísimos piescos o ciruelas de “cojón de fraile”, y en las brañas, “tendidas al verde”, sábanas y ropa interior de mujer de un blanco tan intenso que hacía daño en lo ojos. Por las callejas deambulaban los burros mordiscando las puntas nuevas y tiernas de los “rajales” que tapizaban los” morios”… Hoy ya no hay burros, me refiero a los de cuatro patas, que de dos aún quedamos algunos. Un animal entrañable del que al menos había entonces uno en cada casa. Era quien cargaba con todos los pesos demasiado pesados para el hombre, pero no tan pesados como para tener que uncir las vacas al carro, y sobre todos los burros del pueblo montamos más de cien veces todos los niños. Siempre me pregunté porqué después de su jornada laboral, al quitarle de encima la albarda que protegía su lomo del roce de la carga, infaliblemente buscaba el burro un suelo duro y a ser posible con polvo, para ganar la cebada. Se revolcaba sobre su espinazo elevando al cielo las cuatro patas, y enseñaba a veces sus dientes largos como fichas de dominó, y aquello se me antojaba a mí una sonrisa placentera. |
Los “chones” en pequeñas manadas “jocicaban” la tierra del suelo en busca de proteína de “morugas” y escarabajos, y las gallinas saltaban asustadas por encima de los “morios” de los huertos cuando no querían dejarse “pisar” por el gallo. Y nosotros arrastrando la “culera” por las lastras de “El Torraco” entre las ruinas del antiquísimo torreón donde siempre dijeron los viejos del pueblo que había un tesoro enterrado “desde el tiempo de los moros”… Llevábamos los pelos revueltos, en la nariz, cazcárrias, mocos secos y pegados, los calzones atados con una “cuerda de bala” porque habíamos perdido los botones de los tirantes, y las manos sucias y arañadas de buscar “niales” entre espinos y el arao que trepaba por viejos troncos y paredes
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En verano “cantaban los carros” con el peso de la hierba seca por todas las “camberas” del pueblo, y calentaban el “rodal” en su continuo y lento roce con la “verduguera”, mientras los “rajales” de las orillas peinaban ambos lados de su carga y alfombraban el suelo con las hierbas arrancadas. Los tréboles y el poleo junto al orégano y el aroma de otras hierbas secas llenaban el ambiente de un añorado y evocador perfume a campo del que hoy las gentes no pueden gozar.Trinaban las golondrinas en los alambres de los balcones donde las mujeres colgaban a secar sus coladas, y los vencejos, como auténticas centellas volaban en todas direcciones lanzando gritos penetrantes. Cantaban las muchachas con los botijos camino de la fuente, y silbaban los mozos conduciendo el ganado al bebedero, y eran atardeceres felices que en tanto los botijos se llenaban y bebían las vacas, los jóvenes iniciaban charlas y risas que muchas veces suponían el comienzo de un romance de verano. Los críos en vacaciones no parábamos un momento: “Esquilábamos” a los árboles por el placer de ver quien subía más alto, corríamos todas las tierras en busca de cardos para nuestros conejos, o provistos de una vara fina de avellano, un hilo del carrete de la máquina de coser de la madre y un alfiler doblado en forma de anzuelo, nos íbamos a pescar al río de Barrigón, y regresábamos con docenas de “pescardios” ensartados en largos junco |
En otoño después de recoger las manzanas, comenzaban los árboles a desnudarse. Los maizales de las tierras habían cambiado el color verde por el tostado, y las panojas se doblaban con el peso del grano maduro. En las noches bajaban del monte jabalíes y tasugos que destrozaban las cosechas y los hombres salían con escopetas a dar batidas contra estas bestias del campo. Los carros volvían a “cantar” pero en este tiempo lo hacían bajando la cuesta de El Calvario, cargados de leña para el invierno que se acercaba. En el monte Corona habían retumbado días antes golpes de hacha contra los robles viejos y enfermos, y con tronzadores y el sudor de la frente de los “serrones”, se trocearon a la medida de los carros en que habían de cargarse.
Eran noches de “deshoja” por lo que las tertulias nocturnas se organizaban en pajares y desvanes y se amenizaban con castañas y botellas de anís. En los rincones se amontonaban “maconás” de panojas deshojadas, y cuando mozos y mozas llevaban sus hojas al pajar de al lado, la corriente de aire que se producía al abrir la puerta, apagaba el candil y unos y otras se sentían achuchados entre gritos y risotadas.
En cualquiera de las cuatro estaciones percibíamos de la naturaleza además del color, los aromas y los ruidos, porque la naturaleza no había perdido aún su pureza: Al rededor de nuestro planeta no circulaban satélites artificiales emitiendo ondas. No se habían inventado los tractores que ensordecen el campo, y como no había tractores tampoco había grandes talleres donde reparar esas inmensas ruedas que los llevan a todos los campos; pero en cambio teníamos en La Peña Canal un ingenioso “potro” donde era un espectáculo ver elevar una vaca suspendida por la panza y el pecho para colocar en sus pezuñas callos de hierro clavados por el exterior y sujetos en el interior por una firme pestaña, que la dejaba apta para tirar del carro durante al menos año y medio sin resentirse de su fuertes patas.
No conocíamos los “todoterreno” y quads mugiendo en los bosques. Apenas había motos ensordecedoras, ni coches, ni buses, ni aviones y menos reactores. No había discotecas, y los componentes de las orquestas del mundo entero desconocían la palabra “decibelio”. Para poder escuchar las dos únicas radios del pueblo teníamos hasta que contener la respiración porque la voz parecía salir de ultratumba, y ni en sueños contábamos con televisión, casetes, teléfonos y móviles. El ambiente estaba puro: Ni gases ni ruidos. Por ello, cuando la brisa soplaba nos inundaba del aroma de todas las flores del campo, adivinábamos los laureles antes de llegar ellos, y por el olfato, sin necesidad de verlas, conocíamos todas las variedades de manzanas que cosechábamos.
Sabíamos que ya era la madrugada porque nos despertaba el canto de los gallos, que tantos años hace he dejado de escuchar. En nuestro pueblo no se habían inventado aún los meteorólogos y ni falta que nos hacían, porque el mal tiempo lo anunciaba el reuma en las articulaciones de los viejos y lo confirmaba el “tan…tan…tan… de las goteras que sonaban en los cacharros del desván de la casa. El aviso de que el día iba a ser soleado nos llegaba a través de aquellos rayos encendidos que se colaban por las rendijas de las ventanas rotas. La primavera nos la anunciaba el zumbar de los moscardones y nos la confirmaban los grillos de los prados de El Alberán que no cesaban en su concierto ni de día ni de noche. Distinguíamos perfectamente el trino de cada una de las variedades de pájaros, y sabíamos las principales horas del día por el pitido del tren que nos llegaba infalible, fuerte y prolongado a pesar de estar las estaciones de Treceño y Róiz a más de tres kilómetros de distancia.
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Solo había dos sonidos que pudieran confundirse: Los silbatos del capador y del afilador, penetrantes y cadenciosos a un tiempo, eran parecidos. El del primero sonaba dos veces al año. Era Abelardo que llegaba desde Pesués, y castraba “chones” que debían engordar para el matacillo, y retiraba los ovarios de las “chonas” que les esperaba el mismo final. Castraba burros para restarles vigor, y terneros destinados a ser sabrosísimas chuletas. El afilador solía visitarnos todos los meses y siempre se dijo que su silbato presagiaba lluvia. El afilador, del que siempre hablábamos en singular, aunque no siempre fuera el mismo, reparaba también todos los paraguas rotos del pueblo, y era siempre gallego. También eran gallegos los “quincalleros” que mostraban su mercancía a lomos de caballos, con una gran caja de madera a cada costado del animal, con puertas que se abrían dejando ver infinidad de cajoncitos repletos de agujas, alfileres, hilos y cremalleras. Tijeras, dedales, navajas y cuchillos. Botones, cadenas, relojes y hasta trampas para ratones. El mielero venía de la Alcarria, y a mi pueblo llegaba en bicicleta que dejaba guardada en la taberna, echaba al hombro una alforja y una cuerda de la que pendían dos herradas de madera repletas de miel rubia y densa, y recorría callejas y vericuetos gratando: ¡Miel de La Alcarriaaaaa….. ¡ |
Los cacharreros venían de distintos lugares, pero el que más trabajó en Caviedes era de El Tejo. Un artista echando remiendos a pucheros y tarteras. Trabajaba el hierro, el cobre, el latón, la hojalata y el plomo. Montaba en al bolera su banco portátil de trabajo, y mandaba a sus dos hijos pequeños de casa en casa avisando que el taller estaba abierto. Con frecuencia los arreglos eran a cambio de comida, y si el que se la daba era generoso, le ponía cuatro remaches en lugar de dos. Reparaba también paraguas, y decía que era falta de consideración con los vecinos, si alguien le respondía que ya se le había reparado el afilador. El más pequeño de sus hijos era avispado como él solo: Llegó un día con una cesta en la mano a casa de Ifigenia, avisándola de que su padre ya estaba en la bolera, y la mujer no pudo reprimir su curiosidad:
-¿Qué llevas ahí,” nin”…?
El mismo chaval respondió en otra ocasión a la misma mujer, que por algo tuvo ella fama de querer saber todas las cosas.
-Las señoras que preguntan tanto, dejan de ser señoras y se llaman preguntonas.
Venían gentes extrañas que les llamábamos húngaros, con osos pardos amaestrados que bailaban al compás de un pandero, y cabras que ponían las cuatro patas dentro del diámetro de un duro antiguo de plata. Trapichantes que daban a las mujeres peces de cristal a cambio de trapos viejos, y estraperlistas que vendían pan blanco, aceite y azúcar a precios desorbitados… Titiriteros y cómicos como Trifón, que pronto se hizo popular en toda la comarca porque era capaz de montar un hermoso escenario en cualquier sitio que tuviera tejado, y operadores de cine mudo que proyectaban sus películas lo mismo en tabernas que cuadras o pajares con tal que fueran a verlas media docena de personas…
El Paraíso de Pechón
Aquel viejo Caviedes




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